Italia / Francia – 1961. Dir.: Vittorio de Sica. 35mm. 100’.

a«A las dieciocho comienza el Juicio Universal«, dice una voz potente desde los cielos al comienzo de esta comedia de Vittorio de Sica, una de las más extrañas de la historia del cine.

La estructura es episódica y el elenco multiestelar hasta la estupefacción, como pasaba en los films que hacía Sacha Guitry (Si Versalles contara, Napoleón, etc.). El guión de Zavattini abandona el realismo que venía de practicar con de Sica en El techo y Dos mujeres y deja que esta vez el registro social surja de un planteo que oscila entre el disparate religioso y el surrealismo, como pasaba en Milagro en Milán. El resultado es vertiginoso pero tiene más rigor de lo que aparenta, como se advierte a medida que el film cataloga las reacciones posibles, en los distintos estratos sociales, ante el anuncio del juicio final que la voz extraterrena reitera a intervalos regulares.

Una aristócrata (Silvana Mangano) se aterroriza y comienza a enumerar enloquecida los actos de corrupción de su marido (Jack Palance) con la precisión de un informe policial; un militar (Paolo Stoppa) descubre la infidelidad de su esposa (Anouk Aimée) y se empecina en aguardar el juicio final a la intemperie y con la frente bien alta; un acusado decide declararse culpable ante los jueces ante el estupor de su abogado defensor (el propio De Sica); un pedante (Vittorio Gassman) se queja por recibir el tomatazo de un niño; una pareja de aristócratas (Jaime de Mora y Aragón, Melina Mercouri) deciden mitigar la angustia con la ayuda de un poco de cocaína; un inescrupuloso (Alberto Sordi) compra niños a las familias pobres y los vende a Estados Unidos. En el medio de todo eso Fernandel y Ernest Borgnine persiguen chicas por la calle, Lamberto Maggiorani (el querido protagonista de Ladrones de bicicletas) asoma su rostro ya simbólico, Domenico Modugno canta en una terraza y Jimmy Durante se queja del tamaño de su nariz.

El humor es parejo y brillante, con algunas culminaciones visuales dignas del mejor cine mudo. Hay un episodio en particular, el de dos adolescentes que se enamoran a despecho del fin del mundo, que de Sica y Zavattini parecen haber disfrutado especialmente al realizar. También hay un par de intervalos musicales bizarros (además de Modugno), el mejor de los cuales es iniciado por un americano racista que -repentinamente temeroso de Dios- entona un cántico conciliador a coro con todo un poblado negro.

El film, como casi toda la obra que Zavattini y De Sica hicieron después del apogeo neorrealista, fue vilipendiado -en un tono decididamente ofensivo- por la crítica internacional. El tiempo ha vuelto a demostrar la relatividad de semejantes juicios. En el episodio de Sordi el film anticipa el humor corrosivo de clásicos italianos posteriores como Los monstruos; en el desfile de personajes extraños y en la capacidad para proporcionar unidad a ese universo delirante que es también el nuestro, de Sica se adelantaba a Fellini.

Como pasó con el 2000, el Juicio Universal resulta ser una pavada inconsecuente y el mundo sigue su baile (en un final a todo color) sin que cambie absolutamente nada.

El juicio universal era uno de los títulos favoritos de Octavio Fabiano, quien preservó para la Filmoteca una copia en 35mm. hecha en la época de su estreno argentino. Es obvio que la misma ha conocido épocas mejores, pero este es un film que no resulta fácil de ver de ninguna otra manera. Curiosamente, la Internet Movie DataBase asegura que el film fue rodado en Cinemascope (es decir, con una proporción 2.35:1), pero en Argentina se estrenó en formato panorámico (1.85:1). F.M.P.